Indizada en: Index Medicus Latinoamericano, LILACS.
Editada y publicada por Editores Latinoamericanos de Patología A.C.

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Microscopios

Periodicidad: continua
Editor: Mario Magaña
Abreviatura: Patologia Rev Latinoam 
ISSN: 2395-9851
Indizada en: Index Medicus Latinoamericano, LILACS. 

 

          

 

Microscopios EDITORIAL
Microscopes │
EDITORIAL
Luis Muñoz Fernández

Patología Rev Latinoam | 11 de Junio de 2026

Patología Rev Latinoam 2026; 64: e11129.

https://doi.org/10.24245/patrl.v64id.11129

Luis Muñoz Fernández


Corrrespondencia:

Luis Muñoz Fernández
cartujo81@gmail.com

Este artículo debe citarse como:

Microscopios. Muñoz-Fernandez L. Patologia Rev Latinoam 2026; 64: e11229..

Como cualquier otra actividad humana, la ciencia también tiene sus símbolos. En su última colaboración en la revista El Cultural, José Ramón Sánchez Ron, físico, notabilísmo historiador y divulgador de la ciencia, afirma que el símbolo científico más popular es el telescopio porque es capaz de transportarnos fuera de nuestro planeta, hacia el cielo, lugar elogiado por los poetas y destino anhelado de la vida eterna 

 

Si el telescopio nos muestra el espacio exterior, todo aquello que está más allá de nosotros y de nuestro entorno inmediato, el microscopio nos permite asomarnos a un mundo interior que por su pequeñez es invisible a la vista, tan extraño y sorprendente como los astros que se desplazan por el espacio sideral. Y cuando pensamos en un científico, no es raro que lo imaginemos en un laboratorio observando algo con el microscopio.

 

El propio Sánchez Ron dedica un capítulo de su maravilloso El canon oculto. Una nueva biblioteca de Alejandría para la ciencia (Crítica, 2024) al mundo que se nos revela cuando usamos el microscopio. Afirma que no se sabe con certeza quién lo inventó, pero que varios microscopios aparecieron en Europa a inicios del siglo XVII, “hasta el punto de que Francis Bacon se refirió a ellos en el Novum organum (1620)”:

 

«…Gracias a estas lentes es posible distinguir, no sin admiración, en una pulga, en una mosca, en pequeños gusanos, la figura y el contorno del cuerpo así como sus colores y movimientos, hasta ahora invisibles».

Hacia 1609, Galileo llamó a su microscopio compuesto (formado por varios lentes) occhiolino, que significa guiño o pequeño ojo, ojito.

En Inglaterra, Robert Hooke era lo que en aquella época se llamaba un filósofo natural, es decir, el antecedente de lo que hoy conocemos como científico. Encargado de preparar las sesiones de la naciente Royal Society, incursionó en varios campos del saber y en 1665 publicó Micrografía o algunas descripciones fisiológicas de los cuerpos diminutos realizadas mediante cristales de aumento con obervaciones y disquisiciones sobre ellas, donde reunió varias observaciones que había llevado a cabo con un microscopio compuesto que le permitía observar pequeños objetos aumentándolos hasta 150 veces. Las ilustraciones de este libro son muy hermosas y detalladas (la de la pulga es my famosa), la mayoría dibujadas por el propio Hooke, aunque no se descarta alguna contribución de su amigo y compañero en la Royal Society Christopher Wren. Fue en ese libro cuando Hooke llamó por primera vez células (celdillas, como las de los monasterios o las de un panal) a los huecos poligonales que observó con el microscopio en un fragmento de corcho, acuñando la palabra que hoy usamos nosotros para referirnos a las células, las unidades anatómicas y funcionales microscópicas de las que estamos formados todos los seres vivos.

 

La historiadora Laura J. Snyder afirma en El ojo del observador. Johannes Vermeer, Antoni van Leeuwenhoek y la reinvención de la mirada (Acantilado, 2017) que en el siglo XVII la ciudad neerlandesa de Delft se distinguía por la fabricación de excelentes lentes que se usaban con diversos propósitos. Uno de ellos era evaluar la calidad de las telas que también daban fama a la ciudad. 

 

Un comerciante de paños como Antoni van Leeuwenhoek los usaba con ese fin. (recuerdo a mi hermano Alejandro usarlos también cuando estudiaba la maestría textil en nuestro natal Sabadell). Yo recuerdo a mi hermano Alejandro usarlos también cuando estudiaba la maestría textil en nuestro natal Sabadell. Y no sólo los usaba, sino que él mismo empezó a fabricarlos hasta que se le ocurrió montarlos en una placa de metal a la que le agregó un tornillo con una aguja o un soporte que permitía poner un pequeño objeto o un tubo de cristal cerca del lente. Se calcula que Leeuwenhoek fabricó más de 500 de esos microscopios que aumentaban los objetos hasta 300 veces (el doble del microscopio de Hooke). En este caso se trataba de microscopios simples porque cada uno estaba dotado de una sola lente.

 

La historiadora Geertje Dekkers nos dice en Myriad, microscopic and marvellous. The world of Antoni van Leeuwenhoek (Miríadas, microscópicos y maravillosos. El mundo de Antoni van Leeuwenhoek. Reaktion Books, 2025) que Leeuwenhoek tenía una educación un tanto limitada (sabía leer, escribir y algo de artimética aplicada a los negocios), pues no sabía latín, que era el idioma científico de la época, así que tras observar numerosos objetos con su microscopio, desde las bacterias de su boca y protozoarios en el agua de un estanque cercano, hasta los espermatozoides de un perro y los glóbulos sanguíneos, empezó a enviar cartas escritas en neerlandés, su idioma natal, a los miembros de la Royal Society de Londres para informarles sobre sus hallazgos. Había descubierto un mundo nuevo que era invisible a simple vista. Así lo refiere Laura J. Snyder:

 

«Los microscopios, sin embargo, revelaban un mundo nuevo y extraño a los observadores, “un mundo resplandeciente cargado de color”, en palabras de una escritora, en el se que ponían al descubierto por primera vez matices, texturas y formas y efectos luminosos nuevos. Para aprender a ver a través de un microscopio hacía falta aceptar que el mundo era en realidad muy distinto de cómo había parecido siempre […] Leeuwenhoek, en la primera etapa de su aprendizaje autoimpuesto con el microscopio, empezó a adiestrarse para ver el “mundo resplandeciente cargado de color”, un mundo insólito y extraño revelado por primera vez».

 

Desde entonces, los microscopios han evolucionado y se han perfeccionado en varios sentidos. Entre otros tipos, durante la década de los años treinta del siglo XX aparecieron los microscopios electrónicos, que no usan la luz natural o artificial como fuente de iluminación, sino que emplean haces de electrones, lo que permite aumentar los objetos observados hasta más de un millón de veces. Más recientemente se han desarrollado los llamados microscopios confocales, que permiten imágenes sumamente destalladas y reconstrucciones tridimensionales. Sin embargo, el microsocopio óptico convencional sigue siendo de gran utilidad en la medicina, la biología y la investigación científica en general.

 

Debo mi afición al microscopio y mi profesión como patólogo a un extraordinario profesor que tuve la dicha de conocer durante el segundo semestre de la carrera de medicina en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. El doctor Luis Manuel Bustos Arango no sólo me enseñó los secretos de la histología o anatomía microscópica, sino que me convirtió en el primer instructor-alumno de esa materia en nuestra universidad. Por eso uso el microscopio todos los días desde hace más de cuarenta años. Gracias a este extraordinario instrumento puedo diagnosticar todo tipo enfermedades y condiciones que afectan al ser humano, sobre todo los diferentes –son más de 200 tipos distintos–tumores a los que los no iniciados llaman solamente cáncer. 

 

Durante los últimos años en el estudio de lo microscópico se ha introducido un cambio que, aunque no se ha generalizado todavía, acabará por imponerse debido a las ventajas que tiene y, por qué no decirlo, al interés económico que despierta. Se trata de la digitalización de las imágenes microsópicas mediante escáneres adaptados a microscopios que traducen a bytes las imágenes que se observan con ellos. De esta manera, en los laboratorios más modernos de patología, mis colegas ya no observan directamente los tejidos y las células con el microscopio como lo sigo haciendo yo, sino que observan esas imágenes digitalizadas en pantallas de computadora. Así que no está lejano el día en el que ya no veremos el clásico microsocopio en el escritorio del patólogo. Ese símbolo de la profesión y de la ciencia en general será desplazado y tal vez olvidado con el tiempo. Por mi edad, espero no ser testigo de su completa extinción. Su futura ausencia me hace sentir nostálgico.


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